domingo 10 de abril de 2011

Respirar se hacía eterno, innecesario e incluso superficial, no era aire lo que se necesitaba su cuerpo. Sudaba odio, manaba rabia de sus palpitantes venas y sus córneas se afilaban hasta los límites. Su cuerpo necesitaba venganza, tanta como un drogadicto su elixir divino particular. Todos somos adictos a algo, y quien no puede costearse vicio alguno procura buscar desahogo en cosas más dañinas no para él, sino para los demás.

Las personas más generosas del mundo son las infelices. Gustan de que todos los que les rodean sufran tanto o más que ellos.

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Un loco que se aburría y dijo un dia: ¿y si me creo un blog para soltar mis chorradas filosóficas y desahogarme?